Ramón Esteve, que siempre ha trabajado con geometrías cartesianas, lleva Mel hacia la curva. La nueva familia modular deja el protagonismo a la tapicería.
La primera Mel nació del rotomoldeo y del tubo, con grandes estructuras que toman sus proporciones del mueble tradicional de médula. La ampliación conserva el nombre y cambia de punto de partida. Ramón Esteve quería que la protagonista fuera la tapicería, «porque es mucho más amable».
Cojines sobre una estructura
La nueva Mel es modular. Una base de rotomoldeo hace de estructura y la tapicería la envaina, de modo que el conjunto se lee como un sofá de siempre. En realidad está hecho, en palabras del diseñador, «de unos cojines dejados caer encima de una estructura». Detrás hay una solución muy técnica que, al sentarse, se percibe como algo amable y empático.
Esteve habla de dos confortes. El físico se da por hecho en cualquier sofá; el visual depende de la forma, y Mel lo busca con volúmenes envolventes y unas proporciones muy medidas. Para él, las proporciones deciden si una pieza es bella, y las de Mel están pensadas para quedarse en la memoria.
De la retícula a la curva
«Yo, que siempre he trabajado con una geometría muy cartesiana, ahora estoy explorando las curvas». Mel es el resultado de esa búsqueda: brazos que se redondean hasta envolver el cuerpo y una presencia que Esteve define como «casi voluptuosa».
La curva cumple aquí una función. En los espacios geométricos y arquitectónicos que el estudio suele proyectar, Mel aporta «este punto de flow, este punto de fluidez, que es tan amable y que es tan necesario para vivir». Por eso la describe como una colección empática y desenfadada.